jueves, 25 de noviembre de 2010

Cómo convertirte en un Emprendedor Zen: Los fundamentos


Los fundamentos

Por qué siete de cada ocho gurúes están equivocados

¿Alguna vez te sentiste motivado o inspirado leyendo algún libro con alguna teoría de gestión empresaria, sólo para perder el interés más tarde, luego de haber comprobado que te resultaba difícil llevarla a cabo en la práctica? Si es así, no te preocupes. Es más común de lo que piensas.

Por Eduardo Remolins

El mundo de las teorías de gestión y estrategias empresarias es uno de los más variados y, a primera vista, menos precisos dentro de las disciplinas profesionales. En las teorías del “management” se superponen modelos y marcos conceptuales que dicen cosas muchas veces opuestas. Mientras algunos promueven la innovación, como un elemento indispensable para el éxito empresario, otros dicen que la inversión sistemática y criteriosa es lo único importante.

¿Porqué algunos ponen el acento en los sistemas y en la mejora permanente en las técnicas de producción, mientras que otros magnifican el poder de las marcas, el “valor intangible” y el marketing? Todo el campo parece un caos. ¿Quién tiene razón? La respuesta correcta es: todos y ninguno. Es decir, depende.

Cada uno de esos gurúes tiene, por así decirlo, una receta válida. Cada uno puede enumerar muchos casos exitosos (y verdaderos), de implementación de su propia receta. Abundan en historias y explicaciones detalladas de cómo llevaron al éxito a tal empresa o a cierto emprendedor. En ese sentido, todos tienen razón. Todos han llegado al éxito por algún camino.

El problema comienza cuando tenemos que aplicar esa receta en nosotros mismos. En nuestra vida. Comenzar una empresa siguiendo esos criterios o aplicarlos en nuestro ámbito. Muchos hemos encontrado que no es tan sencillo reproducir esas recetas para ganar dinero. Nos resulta difícil innovar, no nos sentimos cómodos orientándonos a los sistemas o el análisis de datos, o aborrecemos todas las actividades sociales que requiere crear y sostener una marca.

A poco de comenzar a poner en práctica las recomendaciones del gurú nos desalentamos y se apodera de nosotros alguna variante del sentimiento de culpa: “no tengo suficiente disciplina”, “no tengo lo que hace falta para ser exitoso”. Todo eso es una gran falacia. Alimentada en parte por el hecho de que cada gurú presenta “su teoría”, como la única. Como una receta excluyente. “El éxito se hace así, siga este camino y lo tendrá. Ignórelo y aténgase a las consecuencias”.

El problema con las teorías únicas es que no tienen en cuenta el hecho de que las personas somos diferentes y que, por lo tanto, no todos hacemos bien las mismas cosas. Hay formas diferentes de llegar al mismo objetivo: crear riqueza. De hecho, a lo largo de la historia económica de la humanidad encontramos que se repiten siempre ocho formas de hacer negocios, ocho formas de crear riqueza. ¿Por qué?

La razón es que esas formas son las que corresponden a los ocho perfiles económicos básicos que existen. Todas las personas, emprendedores o no, encajamos en alguno de ellos. Esos perfiles explican nuestras características más destacadas, nuestras fortalezas y aptitudes para los negocios y también nuestras debilidades más notorias. El arte de crear riqueza, por lo tanto, comienza por conocerse a uno mismo. Nuestras propias capacidades y habilidades.

Más importante aún, conociendo nuestro perfil como emprendedores no sólo aumentamos las chances de tener éxito, sino que lo hacemos con menor esfuerzo. Paradójicamente, hacer lo necesario para obtener éxito puede implicar menos esfuerzo que los caminos alternativos. ¿Cómo es posible el éxito con menos esfuerzo? Para explicar eso vale la pena que nos focalicemos primero en una disciplina diferente de los negocios.


Dar en el blanco sin pensar en el blanco.

El Kyudo es un estilo de tiro con arco que practican los budistas Zen (1) japoneses. Algunos lo consideran un arte marcial, aunque muchos de sus practicantes ni siquiera se molestan en competir. En el Kyudo se utiliza un arco exageradamente grande (aproximadamente dos metros), de forma irregular y cuya empuñadura ni siquiera está en el centro. Como si esto fuera poco, el arco debe sostenerse por encima de los hombros, en una postura que impide el uso de los músculos de la espalda y los bíceps, y la cuerda debe ser tomada sólo con el dedo pulgar.

Aún así, la puntería de los arqueros Zen es legendaria, a veces no sólo dando con una flecha en el centro del blanco, sino haciendo astillas otra flecha que ya se encontraba en el centro. ¿Cómo es posible tanta precisión en circunstancias tan adversas?

La respuesta es simple pero sorprendente: el arquero Zen no se esfuerza. No sólo aprende (luego de tres largos años) a tensar el arco sin hacer fuerza, sino que tampoco apunta. De hecho, ni siquiera mira al blanco. El kyudoca se concentra plenamente en el proceso, no en el resultado buscado. Se enfoca en el acto de tensar y sostener la cuerda, no en el destino que debería tener la flecha. Para él es más importante aprender el arte de hacer sin esfuerzo (lo que es una forma de vivir), que el resultado en sí. Pero como consecuencia de esta forma de vivir, el resultado se alcanza.

Dado que hemos sido educados en la idea de que todo resultado deseado y merecido se logra con gran esfuerzo, la idea Zen de la arquería puede sonarnos descabellada. Sin embargo, el concepto de lograr más con menos esfuerzo no es privativo de las artes marciales. En un mundo tan alejado de los monasterios budistas como el de los negocios y la economía aplican las mismas leyes.

Si se estudian las vidas de los más exitosos empresarios (o de las personas más destacadas en cada área del quehacer humano), se nota rápidamente que contaban con una capacidad de trabajo y concentración superior a lo normal. Aunque esa energía y capacidad de trabajo suele llevarnos a reforzar la asociación entre éxito y esfuerzo, en realidad está demostrarndo una realidad mucho más importante pero menos evidente.

La dedicación y la concentración absorbente en una actividad suelen ser reflejo de la pasión y del disfrute que esa actividad produce en quién la desarrolla. Se “trabaja” intensamente, pero sin esfuerzo o con poco esfuerzo. La concentración deviene naturalmente, sin forzarla.

Un Emprendedor Zen es alguien que aplica el mismo criterio en los negocios que los kyudocas aplican en su disciplina. Esto es, disfrutar de la actividad que se desarrolla, enfocándose en ella tanto y con tanta naturalidad que se alcanza un resultado sorprendente.

Pero, ¿cómo lograr esa concentración y esa facilidad en el desarrollo de la actividad económica? La respuesta es sencilla: identificando la forma de hacer negocios que se corresponde con nuestras habilidades e inclinaciones naturales. En resumen, llegar a ser un Emprendedor Zen requiere conocer y entender estas tres ideas:

1. Existen 8 diferentes caminos para llegar al éxito económico.
2. Cada persona encuentra que uno de esos caminos le es natural y coincide con sus capacidades e inclinaciones. Es su camino personal.
3. Cuando una persona sigue su camino personal “fluye”. Esto significa que desempeña su actividad con facilidad, disfrutando la acción más allá del resultado. El éxito llega naturalmente y más rápido.

Seguir tu camino implica lograr más con menos esfuerzo, encontrar la forma de trabajar o hacer negocios que se desarrolla con más facilidad y con mayor naturalidad y eficiencia. La acción correctamente llevada a cabo, dicen los monjes zen, requiere sólo un mínimo de esfuerzo, es sumamente precisa y brinda un máximo efecto. Y esto se puede aplicar a cualquier actividad humana. A los negocios también. Veamos cómo puedes hacerlo.

Fuente:1000 Oportunidades  

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