sábado, 6 de noviembre de 2010

Activista y empresario: El doble rol del emprendedor social


¿Qué tienen en común Alexander Graham Bell, Thomas Alva Edison y Bill Gates? Los tres son genios tecnológicos y desarrollaron productos que dieron nacimiento a enormes industrias; al mismo tiempo se convirtieron en hombres de negocio, creadores de grandes empresas. Sin duda, algunos individuos logran combinar exitosamente varias capacidades a la vez; en este caso, la de inventores por excelencia y empresarios indiscutibles.

En los últimos años, el papel de los emprendedores sociales ha cobrado gran fuerza en el mundo. Éstos se han inclinado hacia el sector socioeconómicamente más necesitado, conocido como la “base de la pirámide”, conformado por 4 mil millones de habitantes en el mundo (250 millones en América Latina y 40 millones en nuestro país), para tratar de cubrir algunas necesidades básicas como servicios de salud, agua, energía, educación y comunicación, entre otros. El sector al que han puesto más atención es al de micro-finanzas.

Un objetivo que los emprendedores sociales han perseguido es el de ayudar a desarrollar y promover hacia “arriba de la pirámide” los bienes y servicios que ya se producen dentro de las zonas marginadas, fomentando así la generación de fuentes de trabajo y la creación de riqueza.

Dichos emprendedores tienen varias características que son evidentes desde que se establece con ellos un primer contacto: una enorme pasión por lo que hacen; un compromiso por ayudar a resolver problemas añejos y muy complejos; un verdadero conocimiento del terreno que pisan; su evidente respeto hacia quienes tratan y, finalmente, un genuino interés por cambiar el mundo. En las reuniones en las que participan se respira un aire de empatía. Tienen puesta esa “cachucha social”, que es condición necesaria para tener un impacto real en la base de la pirámide.

Lamentablemente, esto no es condición suficiente para alcanzar su objetivo de erradicar la pobreza por completo.

Es difícil establecer cifras que indiquen el ritmo de crecimiento de los emprendedores sociales en México. Sin embargo, con base en la información generada por algunas organizaciones de la sociedad civil dedicadas a este sector, podemos afirmar que el número crece de manera significativa, año con año. La oficina de Ashoka México, una organización global dedicada a promover el cambio social al apoyar en invertir en ellos, evalúa de 200 a 300 nuevos miembros anualmente, para añadirlos a su red local.

Cuando una persona se acerca a este sector, se da cuenta muy pronto que los obstáculos a los que los se enfrentan son enormes y su portafolio de herramientas, limitado. Un ejemplo está en la sofisticación de las técnicas de mercadeo y de comercialización de los productos o servicios que promueven, y el difícil acceso a diversas tecnologías o al conocimiento de su existencia misma, lo cual entorpece el acceso a los beneficios que potencialmente éstas podrían traer. Otra dificultad está en el dominio de la logística de sus operaciones y, por supuesto, la falta de financiamiento para sus proyectos que se convierte casi siempre en una barrera infranqueable.

Otra complicación es la conformación de los modelos de negocio necesarios para tomar los elementos antes mencionados para lograr que sean viables, así como sustentables en el largo plazo, repetibles y escalables.

Todos ellos son retos propios de cualquier emprendedor, pero se magnifican cuando se emprende en la base de la pirámide.

En este punto se reduce significativamente la lista de individuos que, como Bell, Alva Edison y Gates, son capaces de ponerse varias “cachuchas” al mismo tiempo; en el caso de dichos emprendedores, la social y la de empresario.

¿Cuál es la intersección en la que el activista social y el empresario se encuentran para tomar lo mejor de cada mundo? Cada caso y situación es diferente, por ejemplo, un emprendedor artesano que ha logrado convencer a otros de los beneficios de sumar esfuerzos para promover sus productos fuera de la región, se enfrenta al reto de instalar un horno comunitario y así generar economías de escala. Su intuición le dice que esto sería benéfico para el proyecto. La justificación, selección, compra, instalación y operación del mismo, lo llevan a un terreno para el cual probablemente no está preparado.

Por otro lado, el empresario, entusiasmado con la idea de aprovechar una nueva tecnología desarrollada en Asia para la purificación de agua, se da cuenta, cuando intenta estimar el tamaño del mercado en la base de la pirámide y así la inversión requerida, de que las distancias entre los hogares en la zonas rurales y los pozos que la comunidad ha construido para “resolver” sus necesidades generan un reto para establecer el precio del servicio de purificación y suministro de agua, un desafío que pronto lo desanima y lo regresa a mirar mercados y soluciones más tradicionales ubicadas, seguramente, en la parte media y alta de la pirámide.

El activista social se beneficiaría significativamente con técnicas utilizadas en áreas como la mercadotecnia de consumo, la innovación y estrategias de precio; herramientas que en el mundo de los negocios son utilizadas todos los días. Asimismo, –la creación de sinergias entre instituciones u organizaciones para compartir mejores prácticas– la capacitación continua y la asignación de mentores, aprovechadas de forma adecuada por los emprendedores sociales, los llevarían a ser más eficientes en sus esfuerzos por mejorar el mundo en el que vivimos.

Por su parte, el empresario que busca participar en el sector social necesita conocer a fondo las características estructurales y de negocio que éste presenta. Éstas incluyen, entre muchas, la dinámica entre los participantes, o sea, en las comunidades mismas –respeto a la cultura y tradiciones, creación cadenas de suministro necesarias para llevar los productos o servicios al usuario final, enorme reto en la mayoría de los casos–, o bien, establecer alternativas de financiamiento de los proyectos, así como los retornos esperados.

El empresario se beneficiaría así del profundo conocimiento que al emprendedor social le da el conocer la región, vivir la realidad del sector y enfrentarse a las limitaciones que presenta.

Seguramente, al igual que Alva Edison, Bell y Gates, existen emprendedores sociales que pueden intercambiar “cachuchas” (roles) cuando el momento y las circunstancias así lo requieren, es decir, pueden ser una y la misma persona. Sin embargo, son pocos los que tienen esta capacidad. En la mayoría de los casos se requieren dos agentes de cambio que se apoyen mutuamente: el activista social y el empresario.

En la medida en que ambos reconozcan sus capacidades y sus limitaciones, y consideren la posibilidad de encontrarse en el algún punto del camino para trabajar, complementarse y compartir conocimientos y recursos, las oportunidades para reducir las grandes carencias que existen en la base de la pirámide se incrementarán significativamente.

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